?Hola a todos,
Este es el primer post de la serie “gente viajera”, consistente en relatos de viajes de personas que disfrutan viajando a su aire y nos cuentan sus aventuras. Si quereis participar no tenéis mas que enviar vuestro relato a info@friktrip.com.
En esta ocasión, volvemos a la India para hablar del Ladakh de la mano de David Valdés, viajero incansable conocedor de lugares insólitos como Buthan,Birmania y por supuesto el Ladakh entre muchos otros. Conocí a David una tarde lluviosa en Goa, y desde el primer momento quedé fascinado por su facilidad para hacerte soñar despierto, puedo decir que conocí el Tíbet gracias a él. Sus relatos han sido merecedores de diversos premios y aquí os presentamos el primero de ellos:
EL PEQUEÑO TÍBET
Me dirigía a Leh, la capital del reino de Ladakh, conocido como “Little Tibet”. Ladakh está situado al norte de la India entre el Karakorum y el Himalaya. Oficialmente es un distrito del estado indio de Jammu & Kashmir. Desde que los ingleses abandonaron su imperio en 1947, con la partición entre la India, Pakistán Occidental y Pakistán Oriental (actualmente Bangla-Desh), este estado ha sido fuente de constante conflicto. La India y Pakistán no han dejado de luchar por Cachemira, librando dos guerras, y hace unos pocos meses la amenaza nuclear llegó a niveles de máxima tensión. Clinton denominó a Cachemira como el lugar más peligroso de la Tierra. Afortunadamente para el viajero Ladakh parece lejos del conflicto, ya que es en Srinagar y la frontera indo- pakistaní donde se suceden los ataques. Sin duda, es un reino que merece la pena visitar y donde la sensación de riesgo no existe.
Su población mayoritaria es budista, de rasgos tibetanos, muy diferentes al resto de la India. Ojos rasgados, pieles curtidas y castigadas por la dureza del sol y del invierno. Seres humanos adaptados a la altitud como en ningún lugar del mundo. En definitiva ha sido el hombre el encargado de poner una frontera política y convertirlos en indios, pero son tan tibetanos como los ciudadanos de Lhasa. Incluso hoy en día, desde la ocupación china de Tíbet y su “culturización”, es el lugar más idóneo para conocer las costumbres tibetanas, junto con Daramsala, donde reside exiliado el Dalai Lama desde que huyó de Lhasa. Por eso, Ladakh es conocido como el Pequeño Tíbet.
Tras aterrizar en Leh, un cartel enorme informaba en el aeropuerto a los viajeros de cómo prevenir el mal de altura. La capital del reino se encuentra a una altitud de 3.500 metros, y algún pequeño síntoma de atontamiento se percibe al bajar del avión, aunque personalmente lo relacioné con el shock producido por las maravillosas vistas que acababa de contemplar desde el avión sobrevolando el Himalaya en un día soleado. Antes de llegar a Ladakh, ya había recibido una satisfacción inolvidable.
A la salida del aeropuerto, elegí un hotel recomendado por montañeros. Tras elegir habitación y concertar un precio, Yaseen, el dueño del hotel me invitó a una taza de té en el jardín. Allí se encontraban montañeros revisando sus equipos de trekking y descansando de largos días de marcha. Yaseen me recomendó que descansara en mi primer día y que bebiera mucha agua, pero mis ansias de conocer Leh no podían esperar más allá de una taza de té. Sin embargo la conversación con Yaseen me atrapó en aquel jardín durante horas. Yaseen procedía de Srinagar, y una mala experiencia le cambió la vida. Fue secuestrado por un grupo terrorista durante dos semanas. El todavía no sabe si fue por error o por ser cuñado de un rico comerciante con el que apenas tenía relación. Al final se ganó el afecto de los guardianes y le soltaron. Aquel mismo día decidió abandonar su ciudad. Había visto su vida en peligro, había perdido amistades y familiares en un conflicto que como el mismo explicaba hay al menos tres bandos. La India que jamás cederá a perder Cachemira. La postura de Pakistán, que apoyándose en la mayoría musulmana (con más del noventa por ciento), pretende anexionarse el estado. Y la postura del pueblo cachemir que desea formar un estado independiente. Tantos años de conflicto habían creado tanto odio por los tres bandos, que todos ellos cometían barbaridades, en una sucesión de venganzas y ajustes de cuentas. Además, Yaseen había visto amigos suyos enrolarse en grupos revolucionarios solo como un medio de vida. Harto de todo eso abandonó su ciudad, y construyó un hotel de doce habitaciones en Leh.
Tras la charla se abrió a ser mi consejero en mi viaje por Ladakh. Le sorprendió que mi interés no fuera el de travesías, cimas y rutas de trekking. Siempre me han fascinado las historias de montañeros con sus mitos y leyendas, pero personalmente mi satisfacción es mayor en un poblado remoto que en lo alto de una cima solitaria. Mi curiosidad por las gentes del Himalaya siempre me ha fascinado, observando como viven ante las duras condiciones que les imponen la nieve, el frío y el viento, con las carencias de un país muy pobre donde no llega siempre la corriente eléctrica, y sin embargo, poder ver a los más pequeños corretear por el monte con sus simpáticas sonrisas.
Tras planificar mis futuras visitas, me fui a conocer Leh. Al ponerse el sol, la temperatura descendió bruscamente, y la vida en la ciudad se paró de forma inmediata, con lo que me vi obligado a regresar al hotel. La luz se cortó y Yaseen repartió velas y linternas. Le dije que me retiraba a tomar una ducha caliente y sonrió. Me informó que a las nueve de la noche, su hermano encendía una caldera con madera que calentaba un depósito de agua con el que todos los viajeros podrían ducharse. En un baño de madera, me encontraba a la luz de dos velas, duchándome “ a la leña “, y observando por la ventana las cumbres nevadas del Himalaya iluminadas por la luz de la Luna. Aquello no era lujo asiático, pero la sensación de aquel momento ha sido de las más reconfortantes de mi vida.
Al día siguiente al abrir la puerta de mi habitación, medio metro de nieve invadía el jardín. Mis planes quedaban para más adelante. El Himalaya es caprichoso con agendas demasiado estrictas. Me dedique a conocer la ciudad, con su palacio, sus monasterios, la mezquita, su mercado…
Los paseos por Leh, eran todo un ejemplo de tolerancia. Mientras por los altavoces de la mezquita, se oían las llamadas a la oración, en las calles los budistas rezaban con sus rosarios en las manos. A escasos metros de la mezquita, un monasterio preparaba a jóvenes monjes con sus cabezas afeitadas, y sus túnicas de color granate.
Los días siguientes, el tiempo mejoró y comencé a visitar los bellos monasterios y poblados que salpican el reino de Ladakh. Bordeando el río Indo, por las carreteras más altas del mundo, se alzaban majestuosos los monasterios de Hemis, Thikse, Shey…, lugares por cierto donde una leyenda dice que Jesús los visitó. Las preguntas al respecto que hacía a los monjes sobre tal leyenda, parecían incomodarles de tal modo, que decidí no insistir. Yaseen me había recomendado un monasterio que para él era especial. Por supuesto, era el más alejado de Leh, pero confié en Yaseen, y dedique una jornada entera en acercarme a Lamayuru.
El monasterio de Lamayuru se salía de lo normal. Situado en la carretera que une Leh con Srinagar, donde se superan los 4.000 metros, en un estado de abandono, aparece un pequeño pueblecito con un monasterio antiguo enclavado en un lugar maravilloso. Protegido por altas montañas nevadas, y con un valle profundo a sus pies, es uno de los lugares más bellos que se pueden visitar.
Apenas se oía jugar a unos chiquillos con unas cabras. Entré en el monasterio, y un lama viejo con gafas gruesas me saludó en un perfecto inglés. Su aspecto era serio, pero amable. Me enseño el interior, con su altar, sus pinturas, sus utensilios para el culto y el lugar donde vivía. Aquel hombre me preguntó por la situación del mundo. Era un hombre culto, había viajado por Europa y Asia, y se mostraba preocupado por la situación actual. Entonces me pidió que le acompañara, que me quería enseñar algo. Le seguí hacia un gran balcón, donde un enorme valle se abría a la vista, y enfrente una inmensa montaña se levantaba majestuosa. La vista impresionaba. El silencio era absoluto.
Tardé varios minutos en comprender que lo que aquel lama quiso enseñarme, era sencillamente eso, el silencio. El silencio absoluto. Permaneció callado durante largos minutos. Entonces me explicó su teoría. Para aquel lama, el ser humano entraba en conflicto por no escucharse en su interior. Decía que cuando dos hombres discutían, la clave no estaba en quién tenía razón, sino en el que vencía al otro, ya fuera con la palabra o con la fuerza. Y explicaba que pasaba lo mismo con los países que iniciaban guerras por vencer al enemigo, al margen de valores como la justicia. Con el silencio absoluto, cada hombre se enfrenta a su conciencia, y reflexionando, puede ver la solución al problema desde un punto de vista más objetivo, donde el ego no tenga tanta importancia y donde podamos vernos como parte de la humanidad. Para aquel hombre, el ser humano estaba perdido en medio de un mundo donde solo los valores superficiales merecían la pena. Un mundo que podríamos mejorar entre todos con unas dosis de silencio absoluto, de silencio interior.
El sol desapareció, y la bajada de temperatura me hizo volver a la realidad. Me había quedado solo reflexionando sobre sus palabras. Me marchaba de aquel mágico lugar, con una conversación con aquel interesante hombre que nunca olvidaría. Le busque para agradecerle su amabilidad, pero luego entendí, que se había despedido a su manera. En silencio.
David Valdés

